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Participación Política de las Mujeres Afros e Indígenas


Adriana Sinisterra Benitez, Yuly Paola Campiño Gómez,

Ana Cristina Murillo Granados, Ely Cossio Romaña & Elsa Carolina Giraldo


En 1848, con la Declaración de Sentimientos de Seneca Falls, la cual establece, entre otras cosas, el derecho al sufragio femenino, se da nacimiento a lo que hoy se conoce como el movimiento sufragista contemporáneo. A través de este movimiento, mujeres y hombres de diversos movimientos y asociaciones políticas y abolicionistas, demandaban el reconocimiento del derecho al sufragio femenino, es decir, el derecho de las mujeres a votar y ser elegidas para desempeñar cargos públicos. No obstante, pese a que la mayoría de países reconoce el derecho al voto de la mujer, muy poco se ha avanzado en la elección de mujeres para desempeñar cargos públicos en el ejecutivo.


Lo anterior, no sólo tiene orígenes en la organización social cuya autoridad se reserva exclusivamente al hombre (patriarcado), sino en los estereotipos y roles de género en los que se cree que la mujer está mejor dotada para desempeñarse en el ámbito privado. Esto ha llevado a que a las mujeres nos hayan querido silenciar siempre, a que nos digan que hablamos mucho, que interrumpimos los espacios de discusión diseñados para los hombres, que debemos moderar nuestro lenguaje y el tipo de intervenciones que realizamos. Todas estas ideas han sido utilizadas como una barrera que limita el acceso de las mujeres a los espacios de toma de decisiones.


Por lo anterior, en esta oportunidad quisimos investigar sobre el lugar que ocupamos las mujeres en la política, y en particular, el acceso de las mujeres a cargos en el ejecutivo: presidentas, Jefas de Gobierno o de Estado, Primeras Ministras y/o vicepresidentas. Al revisar información sobre la participación política de las mujeres en espacios de poder, como los mencionados anteriormente, se hizo evidente la poca presencia femenina en dichos posiciones. Además, la información arrojó la baja y casi nula representación e invisibilización de la participación de mujeres étnicamente racializadas. De hecho, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU) Mujeres “En sólo 21 países hay Jefas de Estado o de Gobierno, y 119 países nunca han sido presididos por mujeres” [1]. Del mismo modo, agrega ONU Mujeres, que “al ritmo actual, la paridad en las más altas esferas de decisión no se logrará por otros 130 años” [2]


Dicha falta de acceso al poder se refleja en los siguientes datos. En el caso de América Latina, sólo 6 mujeres han ocupado el cargo Presidencial, estas son: Violeta Chamorro (Nicaragua), Mireya Elisa Moscoso Rodríguez (Panamá), Michelle Bachelet (Chile), Cristina Fernández (Argentina), Laura Chinchilla Miranda (Costa Rica), y Dilma Rousseff (Brasil). Al mismo tiempo, otras cuatro mujeres ocuparon de manera provisional el mismo cargo en algunos países latinoamericanos, estas fueron: Isabel Martínez Perón (Argentina), Lidia Gueiler Tejada y Jeanine Añez (Bolivia), y Rosalía Arteaga Serrano (Ecuador). Sin embargo, durante nuestra búsqueda no evidenciamos la participación de mujeres étnicamente racializadas en la rama ejecutiva, es decir, mujeres negras e indígenas que fungieron como presidentas o vicepresidentas. Lo cual hace evidente que, aun cuando se han presentado avances legislativos en materia de género y derechos de las mujeres, continúa existiendo desconfianza por parte del electorado en delegar en una mujer el rumbo de sus países.


Por otra parte, resulta indispensable resaltar la elección de Epsy Campbell como vicepresidenta de Costa Rica en el año 2018, llegando a ser la primera mujer afrolatina en posicionarse en tan importante cargo. Actualmente, Kamala Harris pasó a ser la segunda mujer afro de la región en convertirse en vicepresidenta; esta situación demuestra el racismo y el machismo de la región, ya que en países como Brasil, Colombia y República Dominicana donde más del 40% de la población es afrodescendiente, no se cuenta con una verdadera representación femenina afro en cargos de elección popular.

En el caso de los países del Caribe, las mujeres participan activamente en la política. En los últimos años ha habido 11 jefas de gobierno: Dominica fue el primero en 1980, Haití y Bermudas han tenido tres mujeres jefas de gobierno, Jamaica dos, y tanto Guyana como Trinidad y Tobago han tenido mujeres a cargo del país. Un número similar de mujeres han sido vicepresidentas en las islas del Caribe. Dada la composición racial del Caribe, un gran porcentaje de presidentas y vicepresidentas han sido afrodescendientes. No obstante, los espacios locales y nacionales de poder continúan siendo dominados por hombres, y hoy en día parece que seleccionar mujeres líderes en el Caribe, es como un "concurso de belleza", en donde se desestiman a candidatas en función de estereotipos y sesgos de género - asociados por ejemplo, a su forma de comunicación, su simpatía o expresión de género- por encima de sus logros y calificaciones.


Frente al tema legislativo en Europa, es importante resaltar que actualmente la participación femenina se sitúa en su máximo histórico con un 40,4%, mientras que en el ejecutivo sólo el 37% de los cargos presidenciales y vicepresidenciales están ocupados por mujeres. La situación antes descrita demuestra que aún cuando se han presentado avances en la integración de las mujeres en la política, continuamos siendo subrepresentadas. Lo anterior, sin tener en consideración el factor étnico racial de aquellas mujeres europeas que representan los intereses de este grupo poblacional en particular.


Paradójicamente, pese a que en el continente africano muchas de las sociedades tradicionales eran de tipo matriarcal, la participación de las mujeres en el ámbito social, cultural y política ha sido invisibilizada. Sin embargo, en los últimos años se ha evidenciado la participación y/o representación femenina en cargos de elección popular que tradicionalmente han sido ocupados por hombres, sin que esto signifique paridad en la participación política y en la distribución igualitaria de los cargos investidos de poder de decisión. Lo anterior se traduce en el hecho que, solo en 9 de los 54 países del continente africano, al menos una vez ha existido una mujer como jefa de Estado, vicepresidenta o primera ministra.


Un factor que se debe resaltar en la investigación realizada es la escasez de información consolidada y estadísticas en las cuales se tipifican las características individuales de quienes han logrado acceder a los espacios de poder, en nuestro caso, las categorías de género y raza. En este sentido, es inevitable pensar que la insuficiencia de estadísticas se da de manera intencional, en un intento de invisibilizar la gran disparidad que en términos de participación política afecta a las mujeres. Es interesante resaltar como se suele romantizar el hecho de que una mujer acceda a un cargo de elección popular, pues usualmente los medios de comunicación y los ciudadanos del común exponen aquel logro como un gran avance de la democracia y de la paridad de género; pero lo cierto es que, cuando se estudia la información obtenida se logra evidenciar la subrepresentación de las mujeres en cargos de poder.

De la misma manera, la invisibilización estadística de la participación política de las mujeres afecta la posibilidad de ampliar los espacios de participación para más mujeres, lo cual hace que se continúe perpetuando la asignación de roles de género en el área laboral. En este sentido, proponemos que, para vencer el tema de la invisibilidad estadística, desde nuestros diferentes espacios, tomemos acciones claras y efectivas por medio de las cuales se incentive la publicación de variables en las que se exponga la participación de las mujeres, incluidas aquellas étnicamente racializadas, en espacios históricamente asignados al género masculino.


En consecuencia, es necesario enfatizar que, si bien no se desconoce la importancia de la existencia de referentes femeninos en las ramas ejecutiva y legislativa, hay que ser conscientes de que los logros que aparentan ser individuales, en personas colectivamente discriminadas, son el resultado de la lucha de estos colectivos por sus derechos. Sin duda alguna, son muchos los desafíos en materia de participación femenina en espacios de poder. De hecho, las mujeres aún enfrentamos dificultades para una plena inclusión en los espacios institucionales formales, además de otras barreras que profundizan este fenómeno. Por ello, a un mes de haber conmemorado el día internacional de la mujer, y con el objetivo de exaltar los esfuerzos de las 123 personas que murieron incineradas por exigir la protección de los derechos de la mujer hace 163 años, es necesario reflexionar y comprometernos a continuar incentivando la creación e implementación de estrategias en favor de una verdadera igualdad de género y el goce efectivo del derecho de las mujeres a votar y ser elegidas para desempeñar cargos públicos.


Finalmente, proponemos iniciar un trabajo de activismo y empoderamiento de niñas y adolescentes en temas relacionados con el rol de las mujeres en la política, para que estas no vean de manera indiferente o inalcanzable la posibilidad de ser parte activa en la vida política de nuestros países, y que, en un futuro próximo, sean ellas quienes accedan a dichos cargos públicos y de elección popular.




[1] Cálculo de ONU Mujeres según información proporcionada por las Misiones Permanentes ante las Naciones Unidas. Sólo se han tenido en cuenta las Jefas de Estado electas.

[2] Cálculo de ONU Mujeres.

[3] The elephant is still in the room: Woman leaders in the Caribbean.



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