Navidad de Emigrante

Actualizado: 9 de jul de 2019


Betty Gabriela Rodríguez


Vayamos al grano. Navidad es familia, y por navidad me refiero a todo el mes de diciembre. Este artículo no se trata de celebraciones cristianas, importadas o paganas; se trata de nuestros más profundos afectos. Mis recuerdos decembrinos (al igual que los tuyos) tienen un elevado contenido emocional que nunca podré olvidar. De la misma forma que, no podré olvidar que Venezuela, hoy, no es la misma que dejé atrás.


Cada casa impecablemente decorada para la ocasión, el olor a pino o la imagen de ese árbol mágico lleno de regalos amorosos y luces tenues que crean ese ambiente perfecto y acogedor de un hogar. Las celebraciones con familiares, amigos y colegas “porque sí”, “porque es navidad” que van cargadas de risas, afectos, comida típica y libertad. Ese reencuentro familiar en torno a una preparación laboriosa de una cena típica navideña, entre canciones, olores y sabores que van forjado o reafirmando nuestra identidad nacional y regional. Las hallacas, el pernil, el pan de jamón, el ponche crema, la torta negra, el dulce de lechoza, la ensalada de gallina, las uvas, las lentejas, la ropa interior, la maleta, los dólares, todo eso es el cúmulo de nuestro “misticismo” criollo, nuestro desparpajo, alegría y espontaneidad; así mismo como lo leen, todo junto, revuelto y perfecto. Tenemos la combinación ideal para hacer de la entropía un espacio de realismo mágico amoroso que nos embriaga por todo un mes.


Pero la vida pasa y lo que debió ser una crisis aislada se convirtió en nuestra cotidianidad. La última vez que celebré una navidad sin pensar en la política tenía 11 años; desde entonces, este ha sido el gran tema dentro y fuera de nuestros hogares, aún en navidad. 16 años después, el tema no solo invadió nuestras conversaciones, sino que también se metió en nuestras casas; a algunos los sacó a empujones, a otros de manera clandestina y algunos como yo, aterrorizados huyendo de la inseguridad y del ocaso de oportunidades.


Esta es mi 5ta navidad sin pisar mi país y nunca falta quién pregunte desde la sorpresa, la confusión, y a veces desde el juicio, ¿cómo es posible que no vayas a Venezuela? La respuesta es sencilla, pero envuelve toda la complejidad de mis propias vivencias y es: “porque lo que implica para mí estar o vivir en Venezuela trae consigo un costo más alto del que yo estoy dispuesta a pagar”. Ya ni recuerdo cuántas experiencias de violencia e inseguridad viví allí y lo normalizada que estaban, pero, en todo caso, para mí hay muy poco que esperar de un país donde no puedes ni pegar un ojo ni en tu propia casa. Cada experiencia es diferente.


Nací y pasé toda mi vida allí. No puedo estar más orgullosa de lo que soy y mi identidad no podría estar más ligada a mi país (de verdad que no), pero Venezuela es un todo, y a la vez, tampoco lo es todo. Venezuela es mi pedacito de tierra, ese por el que me paseé a mis anchas con la certeza de pertenecer y de abrirme paso a medida que crecían mis sueños y aspiraciones. Venezuela es el cúmulo de afectos, aprendizajes y oportunidades que me hicieron la mujer que soy hoy. Venezuela también es el lugar en donde la violencia hizo estragos en todo eso que alguna vez amé. Venezuela son mis luces y mis sombras, y las de tantos otros también.


Más nunca he vuelto a abrazar a mi familia en navidad. Esta época ya no es una noción de tiempo para compartir en la familia en la que una vez crecí. Esta época, desde hace unos años, implica hacerme cargo de mí, de crear mis espacios y afectos lejos de la tierra a la que estoy y estaré siempre unida y agradecida de por vida. No me considero ni medianamente religiosa, pero fui recibida un 24 de diciembre a una cena de navidad por unas monjas católicas amorosas. No tengo ni la más mínima referencia familiar de España por parte de mi abuelo materno como hijo de una canaria, pero siempre recordaré con tanto cariño y dulzura las veces que me recibieron en la familia de Jenni, una de mis mejores amigas del colegio. Tampoco creo que haría mi vida en Francia, pero fue justamente una amiga francesa, Margaux, quién me abrió las puertas de sus propias tradiciones decembrinas. Me costó mucho tiempo tomar la decisión de pasar una página dolorosa para reencontrarme con algunas amigas del pasado, pero nunca sentí tanto mi hogar en París hasta que tomé esa decisión y conocí a Jessica y a Diana (gracias a la visita y empeño de Laura). He vivido todo tipo de altos y bajos desde que llegué a Estados Unidos, pero nunca he agradecido con tanta autenticidad ‘estar en’ y ‘crear un’ hogar en estas fechas en las que se construyen, reconstruyen y alimentan nuestros recuerdos y afectos.


La idea no es que tomen mis vivencias como referencias para vivir las suyas, pero sí enviarles un mensaje amoroso de consuelo, porque sí, duele y mucho, pero todo pasa, siempre pasa. Las nociones de familia se transforman, algunas añoranzas y rituales también. Emigrar ha sido un proceso de profundas tristezas y grandes renacimientos y alegrías; y yo no lo cambiaría por nada. En este proceso migratorio nació esta fundación que ha sido el más sólido pilar desde hace meses, todo lo demás me hace falta y lo quiero en mi vida, sí, pero esto me ha permitido redefinir mi identidad y mi propósito más allá de mi nacionalidad.


Venezuela nos lo ha dado todo, sí; pero pensemos en ella como la madre abnegada que envejece y eventualmente necesita de nosotros para cuidarla y acompañarla. Podemos asumir este proceso desde el dolor que no sana y que no transforma ante la separación o permitirnos explorar, conocer y crecer lo suficiente para auxiliar a esa madre herida en un futuro próximo. Yo deseo profundamente que todas las oportunidades que nos brindan nuestros respectivos países de acogida y sus ciudadanos sean la medicina que necesitamos para sanar y seguir, porque la mejor forma de amar a Venezuela es preparándonos para ella.

No todos volveremos o quizás debo decir volverán, aún no lo sé; lo que sí sé de manera consciente es que, en el momento en el que les escribo esto, mis opiniones y percepciones han cambiado muchísimo desde que me fui.


París dejó de ser un lugar triste para ser un lugar de aprendizajes, familia y amor. Washington, D.C. dejó de ser un lugar desconocido e incomprendido a ser un núcleo de oportunidades, sueños y crecimiento donde empiezo a (re)encontrarme una vez más y disfrutar(me) en el proceso. Estas navidades son tan distintas a las últimas. El 24 fui recibida en otra bella familia que reunió a una decena de venezolanos con historias distintas, cuyas familias habían sido reconstruidas y/o formadas en la lejanía de nuestro pedacito de tierra, cielo e infierno. Gracias a Diana por abrirnos las puertas de su hogar y su familia. El 31 es incierto, pero tengo la paz de tener a mi alcance a unos nuevos y profundos afectos que me acompañan en esto de (re)pensar mi noción de familia y de lo que me es familiar.


No estamos solos, ni ustedes, ni yo. Lloren, sientan y aclaren sus ojos y luego, permítanse ver a esos ángeles que tienen en su vida presente, que los acompañan, apoyan y están dispuestos a abrir las puertas de sus casas mientras ustedes construyen las suyas. Venezuela no va a ir a ningún lado, pero dependerá de nosotros apoyar todo aquello que favorezca nuestro retorno; mientras tanto, tocará asumir el reto de amarse en la distancia y enviar todo ese amor y añoranza entre dispositivos y pésimas conexiones de internet. Regálense la oportunidad de retribuir ese afecto de quién los recibe hoy, creando su propio hogar (y no simplemente una casa) para abrir algún día esas puertas a quienes vienen detrás. Todos desconocemos cuál es la historia de quienes están por llegar y en qué condiciones lo harán, lo que sí sabemos, es que podemos compartir ese abrazo para quienes conocemos ese dolor de emigrar y esa oportunidad de ser mucho más que esa una sola capa de las múltiples que conforman nuestra identidad: nuestra venezolanidad.









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