El ABC de Mireia Ortega

Rita Patricia Núñez y Betty Gabriela Rodríguez


La ilusión y la fuerza que desprende Mireia Ortega al hablar hizo de nuestra entrevista una delicia. A medida que avanzaba nuestra conversación, nos percatamos de que las cuentas no nos daban. Asumíamos que tenía unos 30 años y una década de experiencia. No pudimos estar más equivocadas, pero escucharla nos reafirmó que ella es el vivo ejemplo de una nueva generación de mujeres empoderadas que vienen dispuestas a diseñar un mundo a su medida bajo sus propias reglas. Por eso, te compartimos el ABC de esta talentosa tatuadora catalana.


AUDAZ


Cuando se le pregunta sobre ella, suelta con desparpajo: “He aprendido muchas cosas, pero hablar de mí me resulta súper complicado porque no me identifico con una sola cosa en este mundo”. De hecho, si hablamos de mundos, su identidad combina lo mejor de dos. Por un lado, está la industria del tatuaje tal y como la conocemos todos, sobre la cual admite “no me mola el rollo tan agresivo y tan heavy del tattoo”.  Por el otro, está la vertiente del tatuaje estético, en donde se tiende a pensar que quienes se dedican a ello son demasiado snobs, muy pijos y muy careros; por lo cual no se reconoce en ninguno y prefiere situarse en un punto medio en donde toma las mejores partes de ambos.


Mireia incursionó en la industria del tatuaje casi por azar. Ella sabía que no podría vivir el arte en España y su tía logró vislumbrar la oportunidad que tenía Mireia ante el auge de los tatuajes, así que se lo presentó como opción. Primero, optó por una formación técnica en diseño de producto y luego, comenzó a trabajar como becaria en una empresa de impresiones 3D. Al culminar la práctica, confiesa que le dejó un poco al destino su futuro, “lo que primero salga” sedijo, y salió el tatuaje. Nos comenta con simpatía que muchos se ríen cuando se presenta a buscar trabajo y muestra su curriculum. A la mayoría le resulta un proceder muy serio para la industria; los tatuadores convencionales se presentan solo con un book o la cuenta de Instagram.


Así se abrió las puertas de uno de los estudios de tattoo más reconocidos de Sant Cugat del Vallès. La experiencia fue un claro reflejo de las condiciones laborales de cualquier tatuador: más de doce horas de trabajo al día, obligación de estar en el local independientemente de si tenía clientes agendados o no, sin ningún tipo de estabilidad ni protección laboral. Desde entonces, quiere que su trabajo con sobrevivientes de cáncer y con la comunidad trans, le permita acceder a la red de hospitales que ofrecen el servicio de micropigmentación a los pacientes bajo la cobertura de la seguridad social, de forma tal que pueda contar con la estabilidad laboral necesaria, haciendo lo suyo: tatuar.


BRILLANTE


“¡Madre mía! ¡¿Qué vas a hacer con eso?! ¡Solo vas a tatuar a putas y a expresidiarios! ¡Vas a coger el SIDA!”, estas fueron algunas de las frases que Mireia escuchó al anunciar su decisión de convertirse en tatuadora. Sus familiares sabían que no se lo iban a quitar de la cabeza y ella se dio a la tarea de explicarles que no tenía intención de llenarse el cuerpo de tatuajes y que también aspiraba para sí misma estar en ambientes de trabajo serios, seguros y con los controles propios de sanidad.


Hoy, lleva cinco años tatuando de sus veintitrés de vida. Luego de tres años de experiencia tatuando todos los días, se inició en la micropigmentación. Posteriormente, realizó el curso de areola mamaria con Miquelangelo Do Carmo Silva y a partir de allí, empezó a hacer pezones, y a su vez a cobrar, de otra manera; de una que implica sonrisas y lágrimas, donde el verdadero valor es lo que gente lleva al estudio con sus propios actos de valentía. Recuerda de manera especial a una mujer de unos sesenta años que le pidió flores en lugar de sus pezones, evidenciando su nivel de resiliencia y coquetería. De esta forma, explica que la conexión y el vínculo que se establece entre las conversaciones y el tiempo con sus clientas es simplemente invaluable.


El trabajo de Mireia es brillante y su capacidad para lidiar con la negativa también. Ella pudo ver la decepción en los ojos de su padre cuando le anunció su decisión de tatuar, además reconoce que a él le ha costado mucho desechar sus prejuicios en torno a la industria. Sin embargo, su trabajo con las sobrevivientes de cáncer lo ha hecho sentir muy orgulloso y poco a poco, ha ido entendiendo que no podemos encasillar a las personas por llevar o hacer tatuajes. Incluso, le permitió a Mireia remarcar sus cejas, ya que las ha ido perdiendo por la edad. Sin duda ese momento la llenó de alegría, al verlo veinte años más joven y guapísimo solo por resaltar sus ojos, allí también entendió que “la micropigmentación puede hacer una diferencia abismal en una paciente de cáncer que ha perdido sus cejas y sus senos”.


CARISMÁTICA


Creó sus propias reglas y ahora ayuda a tantas sobrevivientes como le sea posible: “Hago tratamientos caros, a buenos precios, pero con una buena técnica y unos buenos resultados. Lo que hago es meterlas por aquí y por allá, entre los distintos estudios en donde trabajo. El apoyo a pacientes con cáncer se mueve por el corazón, porque no cobramos nada por el trabajo. En algunos sitios se cobra el material y en otros no se cobra absolutamente nada. Está principalmente supeditado a las condiciones del estudio, si es necesario el alquiler de la cabina o no, si lo autorizan o no. Yo siempre trato de que la gente se desplace a los centros gratuitos; si no pueden, trato de que sea lo más barato posible.”


Todas las historias son diferentes. Algunas más duras que otras. Desde la mujer que atraviesa el cáncer en silencio en medio de una separación; hasta la chica que debe tomar decisiones que afectan a su cuerpo incluso antes de haber empezado a explorar su sexualidad. Cuando las ve mirarse al espejo y decir que ya podrán hacer topless, o que podrán desnudarse con confianza, le invade la felicidad. Las sobrevivientes han cambiado la forma de ver el mundo para Mireia y su trabajo no se queda solo allí, su labor también la ha extendido a personas trans que necesitan la reconstrucción de pezones por necrosis, desplazamiento, desprendimiento y diferencias de color o de tamaño.


Concluye esta entrevista, recordándonos el reto que supone tatuar derribando todo tipo de estereotipos: primero, al ser mujer, segundo, al no estar cubierta de tatuajes y tercero, contando con tan solo 23 años. ¿Cómo lo logró? Primero, se libró de los estudios en donde reinaban los típicos comentarios sexistas tales como: “es que la voz de una mujer queda mejor para recibir llamadas”, “es que las mujeres son muy organizadas, mejor llévanos tú la agenda”, “ya que estás aquí, coge un trapo y limpia”. Luego, se puso en contacto con un estudio en Barcelona, donde trabajan únicamente mujeres, que al igual que ella luchan por sus reivindicaciones y en donde pueden recibir asistencia legal en caso de necesitarlo. Sin importar cuán subvaloradas están las mujeres en esta industria dominada por hombres, Mireia ha demostrado una determinación impresionante para apostar por el cambio de las normas sociales desde su arte y talento.

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